Jueves 24 de Mayo de 2012
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Antequera hundida
29 Sep 2010 - 04:11

La ciudad entera despertó alarmada y acongojada, ante las sobredimensionadas noticias de lo que había ocurrido en Santa María Tlahuitoltepec, sin que se previera que los ríos y vertientes de éstos, a las afueras de la capital oaxaqueña y en la mayoría de los Valles Centrales, presentaran un inusual incremento en su cauce, lo que desencadenó inundaciones y temor entre los pobladores.

Desde tempranas horas, existieron reportes de alerta por parte de colonos del fraccionamiento El Retiro, quienes trabajaban intensamente por contener al río que atraviesa Tomaltepec, que habría alcanzado una fuerza incontenible y amenazaba con causar una tragedia.

Asimismo, ocurría en diferentes colonias y poblados, en los que, después de realizar un extenso recorrido por las periferias de la capital del estado, se pudo apreciar, de forma generalizada, la preocupación de la población, quienes todavía tienen latente lo que han ocasionado los chubascos en colonias como la Esmeralda, el Fraccionamiento de Santa Cruz Amilpas o Hacienda Blanca, que durante esta temporada de lluvias se han convertido temporalmente en albercas gigantescas.

El mal presagio

Al recorrer la avenida Símbolos Patrios, a la altura del puente de San Antonio de la Cal, metros antes del crucero de la Experimental, decenas de curiosos observaban atónitos el caudal del río, el cual nunca habían visto tan vigoroso.

Contrario a la alegría de ver a un río sano y abundante, los colonos de Las Moras, corrían apresurados para subir sus pertenencias a la segunda planta, quienes gozaban de ese privilegio; quienes no, decidieron sacar sus cosas a bordo de camionetas y, en el último de los casos, intentaron construir diques con tierra y costales, para detener o por lo menos demorar el paso del agua.

La preocupación de los vecinos se acrecentaba, pues después de media hora en el lugar, era evidente el crecimiento del río, que poco a poco invadía los hogares de cientos de personas, quienes no podían hacer nada por detener la marcha del agua.

La voz de muchos colonos presagiaba un desastre, pues externaron: "esto se va a poner peor, mira cómo viene el agua... ya hasta se llevó esa casita de lámina", indicó un vecino, quien señalaba con el dedo un lugar en medio de la corriente del río, donde apenas se lograban distinguir unas láminas que se tambaleaban, pues supuestamente se trataba del techo de lo que fuera una choza, que fue abandonada a tiempo por sus habitantes.

Al pasar las horas, cuando entraba la tarde, el agua no respetó las casas que se encuentran a la orilla del río e inundó varios hogares, los cuales fueron desalojados y cuyos habitantes quedaron a merced de sus propias necesidades. Por ello, hubo jefes de familia quienes mandaron a sus familias con vecinos, parientes o conocidos para resguardarse del desastre, mientras ellos permanecieron en sus hogares para protegerlos de la rapiña, aunque no se tuvieran reportes de tales actos.

Al filo de la medianoche, en medio de una colonia invadida por el agua, una persona en estado de ebriedad fue jalada por la fuerte corriente del río, lo que lucía como una tragedia sumada a los demás desastres, pero el esfuerzo de los vecinos logró rescatar al imprudente sujeto, quien quedó sano y salvo.

La incomunicación y la especulación

Entre la gente se corría el rumor de que el puente del aeropuerto se había desplomado por la fuerza del río que lo atraviesa, pero al arribar al lugar, se observaba una escena que, aunque desmentía el desastre, no era más alentadora; se trataba de la incomunicación de la población de la Raya y del aeropuerto, pues a causa del agua, dicho puente se encontraba tambaleante.

Policías federales, estatales, elementos de Tránsito del Estado y ciudadanos en general, se encontraban a ambos extremos del puente, sin que se permitiera el paso a nadie, aunque fuera a pie, lo que desencadenó que las desesperación de as personas se hiciera presente, ocasionando el llanto en algunas de ellas, pues presenciaron el momento en que el río devoró unas casetas con negocios que se encontraban cerca de la ribera.

Paramédicos voluntarios se apresuraban a buscar rutas alternas para acceder al aeropuerto, pues les indicaron que descenderían helicópteros con decenas o centenas de lesionados provenientes de Santa María Tlahuitoltepec que necesitarían ser trasladados a diferentes centros hospitalarios, por lo que las ambulancias se abrieron paso entre caminos y veredas del bosque del tequio, que aunque inundado y sinuoso, permitía la circulación de las unidades.

Durante más de dos horas, los paramédicos esperaron dentro de los hangares del aeropuerto, en donde se apreciaba mucho movimiento de aeronaves y personas, de quienes no se obtenía mucha información oficial al respecto de lo que sucedía en Tlahuitoltepec; en cambio, las ambulancias que había esperado un buen rato fueron enviadas a los campos de beisbol del complejo deportivo Eduardo Vasconcelos, lugar a donde llegarían las aeronaves con los lesionados.

La espera que nunca llegó

En los campos públicos localizados a espaldas del estadio de beisbol Eduardo Vasconcelos, arribaron cerca de 15 ambulancias de diferentes corporaciones, como los bomberos, quienes movilizaron a cuatro vehículos y 15 elementos, así como paramédicos voluntarios de los grupos Surlife y Halcones, además de ambulancias de diferentes corporaciones de salud gubernamentales.

El doctor Carlos Alberto Pérez, jefe de la zona de Urgencias de Adultos del Hospital Civil "Dr. Aurelio Valdivieso", señaló que por parte del nosocomio se habían movilizado 20 médicos y 20 enfermeras, así como cuatro ambulancias, además de que en el hospital se estaba concluyendo la habilitación de espacios que serían destinados exclusivamente a los cientos de lesionados que se esperaba arribaran a bordo de helicópteros en un espectacular despliegue.

Dentro de los campos de beisbol se colocó un módulo triage, para que se valorara la gravedad de los lesionados que arribaran por aire, para saber a qué centro de salud canalizarlos, pues se tenía pensado llevar a los más graves al hospital de especialidades, mientras a los demás, al Hospital Civil, IMSS e ISSSTE.

Los minutos trascurrieron hasta convertirse en horas, durante las cuales corrió información acerca de desgajamientos en un cerro de Yalalag que habría cobrado la vida de dos personas, así como que se había venido abajo el puente de metal de Ixtlán y que 20 perros entrenados en búsqueda de personas estaban en camino a Tlahuitoltepec, además de que los primeros lesionados habían sido trasladados al centro de salud de Tamazulapan Mixe, pero todo era extraoficial.

Cuando la mirada de las personas congregadas en los campos deportivos apuntaban cada vez menos al cielo, quienes dirigían las acciones, determinaron que todos se retiraran hasta nuevo aviso, pero que se mantuvieran alerta, pues los heridos arribarían en cualquier momento, sin que ello sucediera.

Otra vez nosotros

"¡Otra vez no! ¡Otra vez no!", decía una mujer que contemplaba la fuerza del río en el fraccionamiento de Santa Cruz Amilpas, que en meses pasados sufriera una gran inundación que afectó a centenares de viviendas, por lo que un buen número de vecinos se encontraba a la orilla del río, contemplando cuán grande se veía, cómo lucía imponente y llevaba entre la corriente árboles, ganado, refrigeradores, en fin, no tenía respeto por nada.

Patrullas de la policía municipal de la población, conminaban a los colonos a que se refugiaran en sus hogares y que tomaran las medidas precautorias en caso de que se desbordara el río, lo que parecía tan sólo cuestión de tiempo, pero la gente permanecía impávida, como hipnotizada por el vaivén del agua, así como el penetrante sonido que producía la intensa corriente.

Una retroexcavadora y un pequeño volteo realizaba labores de reforzamiento de algunos puntos del bordo del río, que parecían ridículas para contener el poderío de la naturaleza, lo que se demostró entrada la noche, cuando comenzaron los reportes de que el agua había ingresado a las casas de los habitantes del fraccionamiento, sin que, al cierre de esta edición, se tuviera un calculo aproximado de los daños reales que habría causado el desbordamiento.

El agua, hasta la cintura

Las colonias vecinas, 25 de Enero y la Gómez Sandoval, se vieron severamente afectadas. En la primera, la gente se organizaba y auxiliaba a sus vecinos más desfavorecidos, quienes en sus hogares el agua habría entrado hasta las rodillas.

Las personas cargaban bultos de arena que apilaban a las orillas del incontenible río. Como la tarea era titánica, policías y religiosos se unieron a la labor de contención, que al final fue inútil, pues la crecida del cauce no se detuvo, hasta inundar la colonia.

El paso entre las dos colonias vecinas se dificultaba enormemente en cierto punto y en los puentes, los cuales, por precaución, eran cerrados al tránsito regular, pues podían venirse abajo en cualquier momento, lo que no importó a la gente que buscaba llegar a sus casas o cerciorarse de la salud de sus familiares, así que no dieron importancia al riesgo que corrían.

Por las calles, la mayoría de las personas estaba mojada de las rodillas hacia abajo, pues se habían visto forzados a cruzar un encharcamiento o se había mojado tratando de proteger sus pertenencias, como sucedía en la colonia Gómez Sandoval, en donde se observaba un puente que podía venirse abajo, así como un puente más pequeño, fabricado de acero, que servía como paso peatonal, que estaba completamente negado a la población, pues en su estructura es encontraban concentradas grandes cantidades de basura que dificultaban el paso del agua, lo que hacía más riesgosa la situación, pues era una barrera para la corriente.

Las casas estaban completamente inundadas y sin ayuda oficial, simplemente las manos de los vecinos que trabajaban desesperadas por rescatar algo de lo poquito que tenían.

por CÉSAR GONZÁLEZ