Monday, September 22, 2014 - 11:13

Hasta la autoridad los olvidó...

ISMAEL GARCÍA MORALES/FOTOS: MARIO JIMÉNEZ LEYVA

SANTA CRUZ AMILPAS.- "¡Que ni vengan! ¡Acá los corremos! ¡Sólo cuando buscan votos vienen y después ni se acuerdan de uno!" Aunque serena, la mujer dice, irritada, que sus vecinos no quieren ver ni en pintura a los candidatos a diputados o presidentes municipales. Jamás suben a los cerros. Jamás conocen la pobreza; mucho menos les llevan la ayuda, platica.

Como ella, cientos de habitantes pueblan el cerro de Santa Cruz Amilpas, muy al fondo del fraccionamiento El Rosario. Ahí, el agua escasea; la energía eléctrica la toman prestada; ni en sueños tienen drenaje. Prácticamente perforan el cerro para colocar sus sencillas casas, de lámina y polines.

CAMINAN MÁS DE DOS KILÓMETROS

Es la colonia Lomas de Santa Cruz, desde donde se divisa la capital, pero la capital no voltea a mirarlos. Para llegar aquí, hay que caminar poco más de dos kilómetros, pues el camión urbano sólo llega hasta el fraccionamiento IVO de El Rosario.

No hay mototaxis; los taxis no se atreven a subir debido a lo agreste de la zona. Hace apenas seis meses, después de tanto rogar a la autoridad municipal, el presidente autorizó el apoyo con maquinaria para ampliar el camino hasta la última casa, ya casi en la cima, lo que permite el ingreso de los vehículos, que nadie tiene.

Tuvieron que cooperar con 500 pesos para que se comprara el diesel, porque el ayuntamiento argumentaba que no tenía dinero. Pero ni aun con ese camino llega el transporte público.

DELINCUENCIA Y SOLEDAD

Creada hace más de tres lustros, comuneros de Santa Cruz Amilpas dispusieron la venta de las faldas del cerro y la cañada; en la parte baja, la mayoría de los asentamientos ya son de material macizo, como cemento, varilla y tabicones. A éstos no les importó vivir a la orilla de un arroyo, que en cualquier momento recuperará su cauce.

A la parte de arriba no le llega ningún servicio. A pesar de que argumentan que son propiedades privadas y que están en proceso de tener los documentos de posesión.

"Juan", prefiere el adolescente que se le llame. Está en el patio de su casa limpiando, cuando se le pide platicar con la familia. Dice que no está, aunque en realidad su madre sí se encuentra, sólo que no oye.

"Acá jamás ha llegado la autoridad; siempre hemos vivido así de amolados. No hay agua, no hay luz, hay mucha inseguridad. Mire, allá debajo de ese puente (y señala la cañada) se esconden unos cholos que luego andan robando en las casas, pero por acá nunca sube la policía", platica.

MADRE Y TRABAJADORA

"¡No van a ir a otras casas? Es que acá hay un chingo de perros, así que no se vayan a acercar a mi casa!", grita a los reporteros un hombre que vive en el lomerío.

"Es mi vecino, es que es un poco desconfiado, pero no pasa nada", dice amable doña Raquel Marcela Juárez.

Ella llegó hace una década, también por la necesidad de una vivienda; vivía en otra zona, donde pagaban renta; comuneros de Santa Cruz les ofrecieron por 30 mil pesos el terreno, a pagos hasta en un año, y desde entonces con penurias intentan construir una casa de material.

Mientras, en dos cuartos de lámina, sobrevive con cinco hijos, dos adultos, además de cuidar a su nieto.

"Nos ha costado muchísimo llegar aquí; los servicios nos han costado más caros que el terreno, pagamos luz, compramos pipas de agua, el del gas le cuesta trabajo subir; compramos muchos garrafones de agua pura", cuenta.

Luego muestra el dedo que estuvo a punto de volarse, cuando cortaba leña; su esposo es ayudante de albañil, ella presta servicios de limpieza en casas particulares.

--¿Los candidatos?

--Vinieron una vez, hace poco, pero prácticamente los corrimos, porque nunca nos ayudan; siempre vienen a pedir el voto, a decirnos que les demos su apoyo, que nos van a resolver nuestros problemas, pero jamás vuelven.

"Ningún candidato ha regresado; ni la autoridad. Cuando vino uno, les dijimos 'váyanse por donde vinieron, porque ustedes están como mi marido, siempre prometen y no cumplen'".

--¿La autoridad?

--Siempre dice que no tiene recursos, no tiene fondos, no tiene nada; que quiere ayudar, pero dice que no puede. Yo fui hace poco a hablar con el presidente para reclamarle, le dije que por algo se le nombró para que tenga autoridad y apoye, pero nada.

La mujer divide su tiempo entre cuidar a su nieto, atender a sus hijos, trabajar en la limpieza de casas, prepara los alimentos, lavar la ropa... El marido sale desde temprano, a buscar trabajo de chalán. "Ahí vamos, juntando poquito a poquito; Dios quiera que pronto tengamos nuestra casita de material y para vivir un poquito mejor", dice esperanzada.

Soltero y sin compromisos

El hombre vive solo. Originario de Santa María Tlahuitoltepec, escogió y compró desde hace 11 años ese pedazo de tierra para vivir, y quizá morir; desembolsó en ese entonces 28 mil pesos. Adulto joven, Gregorio Gómez no tiene trabajo por ahora.

Su último oficio fue de "viene, viene", en algún estacionamiento de la capital. Pero le sobrevino una enfermedad que ni él mismo sabe cómo y por qué. "Enflaqué mucho, me quedé sin trabajo, pero ya me estoy recuperando", narra, desde su sencilla morada, donde otea el horizonte.

Es la última casa en el escarpado cerro. Techos y paredes de lámina son su patrimonio; compra agua cuando la pipa pasa, cada semana o cada 15 días.

Le prestaron energía eléctrica, mediante improvisados cables. Algún maloso vecino se los cortó y desde hace varias semanas vive noches oscuras. Mientras tanto, se distrae limpiando su terreno, afanado en poner una cerca con malla, creando postes de cemento.

"Es que el vecino se enoja cuando un poco de tierra invade su terreno, no le gusta, es muy delicado, por eso mejor voy a terminar bien mi cerca", dice.

Confirma que la autoridad municipal ha estado ausente de la colonia. "Voy a trabajar otro rato y regresar a mi pueblo para ver a mis papás", platica en su difícil español.

Historias de altura, de aquellos que se atreven a rascar el cerro, para vivir y ver desde las alturas, aun cuando tengan un nivel de vida por los suelos.

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