RELATO
Langostinos en el Danubio
Julio Domínguez Balboa
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Cuando era adolescente, en plena época del “Baby Boom”, tuve una compañera de escuela que tenía todo grande. Además de sus senos y de sus nalgas, su casa era grande y su familia también, pues además de sus padres tenía ocho hermanos que se llevaban un año de edad entre sí.
A pesar de haber dado a luz tantas veces, y de estar al frente de las tareas domésticas, la madre de mi amiga siempre lucía impecable, con la figura esbelta y un cuello alargado que le daba un aire de especial elegancia, por no mencionar sus trajes, sus vestidos y sus carísimos zapatos.
En cierta ocasión llegaron a su casa algunas cámaras de televisión con decenas de periodistas para hacer un reportaje de la familia, y ella lucía preciosa con toda su prole alrededor y con un bebé en los brazos. La intención del programa era demostrar que en México, a pesar de no existir el control de la natalidad, también se podía vivir muy bien, pues los 11 miembros de la familia parecían haber sido sacados de algún anuncio publicitario por lo bien arreglados, por ser todos blancos y bonitos, viviendo en una casa tan elegante.
Pasó el tiempo, terminé la preparatoria y no volví a saber nada de esa gente hasta mi último viaje a la Ciudad de México, en donde me encontré a la señora con sus hijas comiendo en el restaurante Danubio.
Las hijas, especialmente la que había sido mi amiga, pretendieron no haberse dado cuenta de mi presencia en el lugar y no me saludaron, pero cuando los meseros estaban a punto de servir mi plato de langostinos, el capitán me trajo un trago como el que estaba tomando y me dijo que era una cortesía de la señora, lo cual me hizo levantarme de inmediato para ir a su mesa y agradecerle el gesto.
En unos cuantos minutos me enteré de que además de divorciadas y fodongas, las hijas eran unas parásitas que dependían de la madre y de que el padre había fallecido.
Me preguntaron que si Chiapas era en realidad tan bonito como se veía en la publicidad y yo les respondí que lo comprobaran personalmente, que yo sería su orgulloso anfitrión. Les di una tarjeta de presentación con mis datos para que me llamaran, lo cual, hasta la fecha, no han hecho.
Sin embargo, en la mente mantengo la imagen de aquella señora sentada muy erguida en el restaurante Danubio, tan delgada como cuando la conocí, vestida, peinada y maquillada como una reina. Sus hijas, que algún día fueron tan hermosas como ella, esa vez parecían, más bien, sus sirvientas.


