Jueves 17 de Mayo de 2012
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La Guerra de Arriaga y Reygadas en el Festival de Biarritz
9 Oct 2010 - 21:42

Guillermo Arriaga y Carlos Reygadas fueron las grandes estrellas del XIX festival de Cine Latinoamericano de Biarritz. Dos estrellas sumamente fugaces.

El 27 de septiembre por la noche asistieron a la proyección de sus respectivos cortometrajes durante la ceremonia inaugural del encuentro cinematográfico.

El pozo de Arriaga abrió las festividades. Luego se presentó Revolución, un mosaico de diez cortos dirigidos por realizadores mexicanos entre los que destaca Este es mi reino, de Carlos Reygadas. La versión final del trabajo colectivo incluye a otros tres directores, se llama 13 formas de amar a mi México y se estrenará en el Festival Internacional de Cine de Morelia, en México, que comienza el 16 de este mes.

Al día siguiente, desvelados, escoltados por los organizadores del evento y perseguidos por reporteros, Arriaga y Reygadas corrieron de una cita a otra. Firmaron un sinnúmero de autógrafos, se dejaron retratar por admiradores o fotógrafos profesionales, apenas les dio tiempo de comer. Y tan pronto como llegaron, se regresaron a México.

El momento más álgido de su estadía relámpago en Biarritz fue la densa plática que, juntos, sostuvieron con el público galo.

Le sobran talento a Arriaga y Reygadas, gozan de una amplía fama internacional y se dedican al cine con la misma pasión. Pero fuera de estos tres puntos en común es difícil imaginar a dos personalidades más disímbolas.

A lo largo de su encuentro con el público Arriaga se expresó pausadamente, midió el peso de cada una de sus palabras, escuchó atento a sus interlocutores y nunca despreció pregunta alguna.

Reygadas, por su lado, habló a toda velocidad brincando sin problemas del español al francés. Cuando le gustaba una pregunta la contestaba con precisión, cuando no le interesaba o no la entendía respondía en tono burlón o arrogante. Nunca perdió una oportunidad de salir con alguna provocación.

Las diferencias entre ambos artistas fueron aún más obvias en los momentos en que cada uno contó la génesis de su cortometraje.

El pozo, de Guillermo Arriaga, que los televidentes mexicanos descubrieron el pasado 15 de septiembre, después de su triunfo en la 67 Muestra de Venecia, es la quintaesencia del arte del escritor, guionista y ahora realizador.

Ocho minutos y 40 segundos de perfección estilística durante los cuales el espectador siente cada soplo de viento, percibe cada vibración del desierto y se inmerge inexorablemente en la tragedia.

1914. Un lugar perdido en Coahuila. Dos abuelos, cuatro nietos, un ranchito y un pozo. Tierra árida, miseria, soledad... Un niño cae en el pozo. Sus gemidos desgarran el silencio. Sus hermanos buscan en vano auxilio. Se alarga la agonía. Se vuelve insostenible. El abuelo saca una pistola. La abuela, muda y hierática, lo mira... Al final el anciano está sentado al lado del pozo-tumba. Un llanto telúrico sacude todo su cuerpo.

El happening de Este es mi reino, de Carlos Reygadas, se lleva a cabo en un rancho de Tepoztlán. Dura 12 minutos. Es la filmación en vivo de una fiesta en la que corren hectolitros de bebidas alcohólicas. Al calor de las copas los invitados --unas cincuenta personas típicas de la clase medía-alta capitalina entre los que aparece uno que otro personaje conocido-van perdiendo compostura y autocontrol.

Al principio del corto un grupo de niños juega con un coche estacionado cerca de las mesas. Mientras más se emborrachan los adultos, más violento se pone el juego de los chicos con el coche. Lo patean, rompen vidrios, lo apedrean.

Cae la noche. Algunos adultos ebrios empiezan a vandalizar también el vehículo. Pequeños y grandes acaban quemándolo mientras los demás invitados se enfrascan en conversaciones absurdas, superficiales, vulgares. Un teporocho se orina en medio de carcajadas. Los campesinos que viven cerca del rancho observan todo de lejos, callados. Once cámaras filman esta bacanal hasta el alba. El montaje realizado por Reygadas da vértigo.

El universo de El pozo se baña en la poesía metafísica de Juan Rulfo. La catarsis colectiva de Este es mi reino parece pintado por Francisco Goya. El público francés se quedó estupefacto ante estas dos obras, y al principio del encuentro con los cineastas se inhibió.

Fue Jean Christophe Berjón, director artístico del festival, quien lanzó las primeras preguntas. Quiso saber por qué Arriaga se desempeña ahora como realizador y si Reygadas aceptaría escribir un guión para otro director.

En seguida surgieron divergencias entre ambos creadores.

Confió Arriaga:

El acto de escribir es demasiado solitario. No puedes acudir a nadie para pedir ayuda. En el mejor de los casos los amigos a quienes enseñas tu texto te entregan notas de lectura. Pero unas cuantas notas no solucionan un problema narrativo. El cine me permite escapar a esa soledad. Me da la oportunidad de trabajar en equipo, de aunar esfuerzos, ideas, iniciativas. Me encanta formar parte de un equipo solidario."

Enfatizo Reygadas

"Nunca pensé trabajar como guionista. Para mí el cine es un acto de visión y no una mera ilustración de un texto literario. Percibo al cine como una pieza musical que primero escucho dentro de mí. Oigo hasta los últimos acordes de cada instrumento por separado. Una vez que siento toda la obra musical completa, pues la saco. Para mí hacer cine no significa pasar de un lenguaje literario a un lenguaje cinematográfico. Hacer cine es transcribir una visión, un sueño, un deseo."

Reygadas se sobresaltó cuando Berjón comparó su labor como realizador con la de un director de orquestra.

"De ninguna forma --corrigió tajante--. Para mí un director de cine es antes que todo un compositor. Dirigir una película, dar órdenes para que se haga tal o tal cosa es secundario. Lo más importante es la visión. No estoy de acuerdo con Guillermo. Para mí una película no puede ser un trabajo de equipo. La Capilla Sixtina la pintó Miguel Ángel. Nadie más. Poco importa cuántas personas estuvieron trabajando con él. El tuvo la visión. La Capilla Sixtina es su obra exclusiva y para siempre."

Replicó Arriaga:

"Hay muchas formas de hacer cine. Hay guionistas que escriben para un director y desarrollan las historias que les encomiendan. Hay guionistas que escriben historias que reflejan sus propias experiencias y su visión del mundo. Son dos cosas muy distintas. No creo que un escritor que pertenece a la segunda categoría sea tan sólo uno más entre los que pintan la Capilla Sixtina. Creo y sé que el escritor también compone la Capilla Sixtina."

Esbozo de sonrisa y silencio de Carlos Reygadas.

--¿Por qué apartó usted a los indios en su corto? ¿Por qué se quedan mirando la fiesta? --pregunta alguien del público.

Gesto de impaciencia del realizador de Este es mi reino.

--No los aparté yo. Fueron los españoles quienes los apartaron hace 500 años. Los indígenas en México aprendieron a ponerse a un lado. Los invité a todos a la fiesta. Pero no vinieron. La gente empezó a llegar a las tres de la tarde. Los campesinos estaban escondidos, agazapados. Saben de sobra que más les vale esconderse de día. Cuando llegó la noche empezaron a llegar de todas partes y a mirar. No participaron. Llevan cinco siglos marginados. El corto refleja simplemente la realidad de mi país.

--¿Cómo provocó esa catarsis colectiva? ¿Sólo repartiendo tragos? ¿No hubo otra sustancia...? --inquirió en tono irónico Jean Christophe Berjón.

--No les hice nada especial --protestó Reygadas--. Invité a todos mis amigos. Les dije que los iba a filmar para un corto relacionado la revolución mexicana. No les di detalles. Solo les prometí buena comida y tragos hasta reventar.

"Todo lo que pasa en el corto es espontáneo. Dejé abierto un espacio de libertad absoluta. Fue bastante impresionante. Los niños empezaron a destruir el coche porque nadie les puso límites. Luego los adultos hicieron lo mismo porque tampoco sentían limites. Sé que esa noción de libertad sin límite choca a quienes afirman que el único límite de la libertad es el respeto por los demás. Pero me interesaba ver hasta dónde podía llevar esa dinámica extraña de libertad sin freno.

"Ya bastante entrada la noche entendí que si alguien hubiera gritado Vamos a matar viejecillas, pues todo el mundo se hubiera lanzado en una caza de ancianas."

Murmullos y emoción en el auditorio.

--¿A quién pertenecía ese coche? --preguntó la reportera.

Mirada sarcástica y tono de voz altanero de Carlos Reygadas:

--No doy crédito. En un montón de películas queman un montón de coches y a nadie se le ocurre preguntarse a quiénes pertenecían todos estos coches. ¿Qué importancia tiene? Era el coche del dueño del rancho y mis productores hicieron lo que hacen todos los productores del mundo, le rembolsaron su coche. ¿Por qué le importa tanto eso?

Risa burlona.

--Hay dos posibilidades: o sus amigos ebrios queman el coche de alguien de su mismo grupo o queman el de uno de los campesinos que asiste de lejos a la fiesta. ¿No le parece que la intensidad de la violencia cambia según el caso?

--Entiendo un poco mejor su pregunta, pero me parece moralista. La verdad es que no sé porqué es más violento que quemen el coche de un campesino. De todos modos se lo van a rembolsar... A los campesinos les divirtió ver cómo se quemaba ese coche. En México los campesinos no están tan apegados a los bienes materiales como usted parece creerlo.

--¿Cómo se sintieron sus amigos después de esa experiencia? --siguió preguntando la reportera.

--Hubo reacciones distintas. A unos les encantó la experiencia. Otros se escandalizaron. Muchos estaban demasiado borrachos y no recordaban nada. Hablaron un poco de la fiesta en los días siguientes, luego volvieron a su rutina. Pero para mí fue una experiencia intensa, sorprendente, provocadora. Me interesó mucho la gran variedad de reacciones que surgieron a lo largo de la noche. Salieron muchísimas cosas sobre mi país, pero lo que sobresale en Esto es mi reino es una de las características más claras de lo que es México. Somos una sociedad que carece de una meta común. México es la antitesis de Estados Unidos. Allá la gente tiene un sentido claro de su destino como nación. Los estadunidenses saben dónde están parados y tienen metas concretas. Nosotros, los mexicanos, no tenemos eso. No sabemos por qué estamos dónde estamos...Y eso provoca cosas fulgurantes...

Intervención de Maika Bernard, coproductora de El pozo:

"Creo que Carlos acaba de tocar un punto esencial. Evidencia la complejidad de México. Con la filmación de El pozo vivimos una experiencia inversa a la que se vivió con Este es mi reino. Sólo trabajamos cuatro o cinco profesionales en esa filmación. Todo el resto del equipo estaba integrado por los mismos campesinos de la región que participaron en el proyecto. Se desempeñaron como actores, se hicieron cargo de toda la logística, intervinieron en la dirección de arte... Los museos locales nos facilitaron todo lo que necesitábamos. Nosotros, la gente de El pozo, nos juntamos para vivir algo en común, compartir un mismo proyecto, hacer algo juntos. Sabíamos dónde estábamos parados."

No fue fácil inmiscuirse en la apretada agenda de Carlos Reygadas. Sentados en la terraza soleada del Casino de Biarritz se logró por fin retomar el diálogo:

--No quisiera ser necia, pero me parece que ese coche que acaba incendiado es uno de los principales protagonistas de su corto. Es un detonante. Exacerba todas las violencias de esa gente "bien", rica, burguesa.

--Estuve pensando en eso después de la plática de esa mañana. Quizás tenga algo de razón. En la dinámica de grupo que se pone en marcha durante la fiesta, ese coche estacionado en ese lugar por pura casualidad se convierte en personaje. Inclusive podría verse como una especie de metáfora.

"Como le dije, pertenece al dueño del rancho, un cuate que conozco desde mi infancia porque mi padre tenía cultivos en esa región. Quedó carbonizado por la violencia de los ricos... Al fin y al cabo las víctimas resultan siendo siempre las mismas. Les roban sus tierras, les queman sus casas...

--¿Todo lo que filmó fue realmente espontáneo?

--Lancé las invitaciones, puse comida y tragos, instalé mis cámaras y filmé. Fue todo.

--¿Usted está diciendo que esa gente se desenmascaró sola?

--Así fue.

-- Es un autorretrato tremendo de esa clase social.

--Lo sé, pero si hoy junto a unos cuantos lords distinguidos y ricos empresarios británicos en un cottage perdido en el campo inglés, y si les doy tanto trago como quieren, le aseguro que se armará el mismo tipo de dinámica y que todos acabaran destapando cloacas. Hay que encarar la verdad: el ser humano es terrible.

--¿Sus amigos vieron el corto?

--Sólo tres de ellos. Uno me dijo que yo había sido muy cabrón. Pero no inventé nada, no obligué a nadie a hacer ni a decir lo que hacen y dicen. Los retratos que hacía Velásquez de la familia real de España eran terribles también.

--Llama la atención el contraste entre la fuerza y la belleza de su última película, Luz silenciosa, y el ambiente tétrico y mediocre de Este es mi reino. ¿Son realmente sus amigos esa bola de personajes triviales?

--Los momentos de gestación de mis películas siempre son muy intensos. Me aparto de todo y de todos para trabajar. Pero no puedo vivir siempre así. De vez en cuando necesito tocar piso, contar tonterías, tomarme tragos, poner distancia con lo que llevo por dentro.

"Toda la gente que aparece en la película son amigos míos desde hace años. Estudié con muchos de ellos en un colegio de niños ricos. Tienen cosas que aborrezco, pero tenemos muchísimas cosas en común, compartimos la infancia, descubrimos la vida juntos. Son parte mía. Soy alguien que conserva amistades durante toda la vida. No necesito que mis amigos sean virtuosos. No necesito alejarme de ellos. A veces me frustran, a veces me dan lastima. Ni modo, son mis amigos."

--¿Enseñó su corto a los campesinos que aparecen en la película?

--Todavía no. Pero lo voy a hacer y estoy seguro que se van a carcajear. Los conozco a todos. Enseñé Japón a los campesinos que actuaron en la película. Se partían de la risa cuando se morían animales. No les hizo mayor impresión el film. Se reían en momentos desconcertantes. Los indios le van a lo anecdótico. Viven la experiencia directa. Durante el rodaje de Este es mi reino vi a varios fascinados por las llamas de la hoguera del coche. No les preocupaba lo más mínimo el coche mismo. Nosotros los occidentales somos muy duales. Todo lo pasamos por el filtro de la razón."

No fue fácil tampoco compartir momentos con Guillermo Arriaga. Se veía literalmente secuestrado por el servicio de prensa del festival.

Se sonrió cuando la reportera le preguntó cómo don Humberto Berlanga, campesino de 82 años que casi nunca había salido de su pueblito, había logrado dar esa dimensión trágica a su personaje.

--Tuvimos muchos debates con los productores del corto. Nuestro dilema era usar o no a actores. Fue una decisión difícil y un enorme riesgo. Pero yo necesitaba la verdad de estos rostros. Los rostros de todos los personajes van contando la mitad de la historia.

--Es estremecedor ver cómo el cuerpo entero de don Humberto es sacudido por un inmenso sollozo al final del corto. Es un dolor tan físico como moral...

--Ningún actor profesional hubiera alcanzado ese grado de autenticidad. Los más talentosos hubieran actuado de forma magistral, pero hubiera sido una actuación al fin y al cabo. El anciano sufrió de verdad.

--¿Interiorizó su papel?

Otra sonrisa de Guillermo Arriaga:

--Por supuesto que no. Casi no le hablé de la historia. Lo llevaba a un lugar, le pedía hacer tal cosa, luego lo llevaba a otra parte. Aguantaba todo con una fuerza y un temple que nos dejó atónitos a todos. Hacía un frío espantoso. Nunca se quejaba. Se arrodillaba, escarbaba, se agachaba, se paraba. No sabía realmente lo que estábamos haciendo, pero cumplía con gran dignidad.

--Pero ese sollozo final...

--Usé un truco de realizador.

--¿Es un secreto?

--Le hice pasar un momento muy difícil. Me fui a lo más hondo. Me tocó ser duro porque sabía que me iba a costar trabajo hacer llorar a un hombre como él. Sabía que tenía que pegarle en lo más hondo.

Breve silencio de Guillermo Arriaga.

--De repente empezó a llorar. Filmamos. Cuando terminó la escena se recargó en mi hombro y se quedó llorando un rato largo. Creo que tenía guardado ese llanto desde hace muchísimos años.

--¿Fue difícil convencer a don Humberto de que lo acompañara a la Muestra de Venecia para el estreno mundial de El pozo?

--No quería salir de su tierra porque no tenía a nadie con quién dejar a sus animales. Su hija lo convenció. Cuando vi a todo el público de pie aplaudiendo el corto en la Muestra, le sugerí que se levantara para saludar. Lo hizo en forma muy natural. Movía un brazo y el otro, siempre con su sombrero y sus botas. Igual a sí mismo. Natural. Entero. Se volvió una estrella en Italia. La gente le pedía autógrafos. Salio por televisión. Cuando regresó a su pueblo fue acogido como un héroe.

--¿Todo esto no lo sacudió demasiado?

--Ojalá y haya sido sacudido. ¿No le parece que 82 años es una edad buena para un fuerte sacudida? En realidad ese hombre es capaz de aguantar todo. Lo que sí lo conmovió mucho fue ver el corto. Lo descubrió en Venecia. Fue fascinante porque era la primera vez que pisaba una sala de cine. Y la primera película que vio fue un corto en el que se ve a sí mismo interpretando el papel de un abuelo que mata a su nieto. Se quedó profundamente turbado. Estremecido, me dijo: Se mató al niño que está metido allí adentro... Y por segunda vez lo vi llorar. Después le tocó levantarse para saludar a la sala entusiasta que lo celebraba.

ANNE MARIE MERGIER/APRO