Jueves 17 de Mayo de 2012
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La travesía y proeza de Jorge Espinoza
20 Sep 2011 - 22:28

Tuxtepec, Oaxaca.- Sentado en un banco de madera Jorge Espinoza habla sobre la vida. Sus hijos, su mujer, el arte que ha definido sus travesías. Maestro y doctor, no sólo de enfermos, también del alma. Amante de las raíces chinantecas, herencia de la madre y de valeroso de espíritu como el padre, Espinoza a sus 74 años de edad.

Un niño en un cuerpo cansado por la edad. Un hombre canoso, estatura baja y grandes anteojos, se acomodó en aquella butaca para relatar las aventuras de su vida de forma humorística, reflexionando las travesías y mostrando los encantos de la habitación donde se juntan recuerdos, vivencias y pasiones.

El maestro Espinoza, como suelen nombrarlo, es hijo de Gertrudis Arenas Ramírez y Luis Espinoza. El ultimo de cinco hermanos. Ha vivido de una forma especial, aseguró el pintor. Toda su vida ha estado llena de milagros, desde su nacimiento. Proezas inimaginables superadas por la fe y el amor de la familia.

Una vida de milagros

“Mi vida ha sido una serie de milagros”, expresó al iniciar la conversación. Nació durante la época de la revolución mexicana. Don Luis Espinoza, su valeroso padre, fue militar en la época de Venustiano Carranza. Único sobreviviente en un enfrentamiento allá por Chilpancingo.

“Mi padre era militar de los contrarios, mi madre era ojiteca. Ellos se conocieron cuando las tropas arribaron la zona chinanteca, ahí mi madre ya estaba casada con otro señor pero las balas enemigas terminaron con él y enviudo y como el cuento, el valeroso militar quedó prendado de la joya ojiteca”.

Las aventuras de Jorge Espinoza, comenzaron mucho antes de su nacimiento. Al unirse sus padres en matrimonio, inició el recorrido por la serranía y zona baja. Mujeres con niños al hombro seguían a sus hombres a donde fuera durante la época revolucionaria. Así fue la vida de los Espinoza hasta que el pilar fue el único sobreviviente de un terrible ataque. Ahí la vida de la familia dio un giro inesperado.

“Conmigo en su vientre, mi madre, padre y hermanos comenzaron a caminar largas horas hasta que llegaron a la entrada de Cuernavaca con los pies ensangrentados, ahí nací yo en el año de 1937 y en ese momento murió mi madre”.

Esbozando una sonrisa prosiguió en su relató, “ella era toda una joya y qué razón tenía mi padre”. Mostrándose orgulloso al hablar de ella. Ante la falta de una madre fue criado por su hermana María de las Mercedes de tan solo doce años, para él la figura maternal que nunca tuvo y de quien está constantemente pendiente.

Don Luis con cinco hijos, comenzó a trabajar en lo que fuera, hasta acomodarse en una abarrotera como auxiliar de contador ocultando su origen militar.

“Nosotros vivíamos en una pequeña casa, haciendo referencia al tamaño de su habitación. Éramos muy unidos”. En 1949, la tragedia llegó a la vida de Jorge al morir su padre asesinado. “Cuando muere mi padre, nosotros no nos quedamos desamparados, como dije vivo de milagros, yo sí creo en Dios. El señor para el que trabaja mi padre nos apoyo cada semana con despensas hasta que terminamos de estudiar, no pasábamos hambre, la gente tenía otros valores”.

Reacomodando su banco, Espinoza nos mira fijamente, tratando de trasmitir cada uno de las emociones vividas en su vida.

Cuando crece, se enrola en la vida militar, hasta que toma la decisión de ser libre y abandona la milicia. Viaja a la ciudad de Torreón Coahuila y ahí conoce a la que sería su amada esposa. “Me cayó rebien la chamaca cuando la vi, a esa edad parecía yo un chapulín”. En su primer año de medicina en el Instituto de Cardiología, contrae nupcias con Domitila Ávila de Espinoza y durante los años siguientes de su carrera, la vida lo sorprende con seis hijos.

“Durante los 48 años que ejercí la medicina, jamás entregue un muerto a pesar de no hacer la especialidad”. Aprendiz de los mejores maestros y como un autodidacta, el doctor, logró sacar adelante la carrera, el matrimonio y los hijos.

Al llegar a Tuxtepec, relató no había más que ocho médicos, por lo que fundó una sociedad, misma que dejara posteriormente al no querer verse involucrado en la política. Viviendo una vida plena en familia, hasta que es sorprendido con la muerte de su hijo menor quien desde su nacimiento padeció una enfermedad y se encontraba postrado en una silla de ruedas.

Esta situación lo deprimió completamente y fue cuando decidió adoptar a seis niños más. “Mi esposa pensó que necesitaba alegrarme la vida, me vio muy triste”. Al recordar el episodio bajó la mirada y miro a su alrededor, como si buscara algo. “Un día llegue a mi casa y le dije a mi esposa, que crees tenias razón hice lo que me dijiste y me siento mejor, pero no son uno son seis. Ella al verme tan feliz no dijo nada y me abrazó, hoy todos ellos son profesionistas y estoy muy orgulloso”.

Retorno a la niñez

Después de realizarse familiarmente y para superar el dolor que dejó la partida de su hijo menor, Espinoza inicia una vida de misionero laico al lado del padre Fábregas. Recorre la zona mixe y chinanteca y comienza la construcción de centros de salud. “Yo hice lo que tenía que hacer, la semilla está sembrada. Ahora depende de otros continuar con el trabajo.

A la par de estas actividades, Jorge Espinoza, aunque aparenta ser solitario y reservado, se ha realizado en distintas áreas. Estudiante de Teología, pintor de grandes obras, escritor de cuentos y como abuelo.

Por 25 años, trabajó voluntariamente para la Cruz Roja Mexicana, motivado por su fe. “Soy un hombre de fe, pero no asisto a los recintos religiosos, yo profeso mi fe a través de mis actos y mis acciones lo han demostrado toda la vida.

Una vida llena de logros y triunfos desde su nacimiento. Un hombre admirador de la belleza de la mujer chinanteca, homenajeando a su madre y a la quien fuera su esposa. “He vivido muy feliz, soy un hombre enamorado, hace una pausa y prosigue, y siempre lo seguiré estando de quien fuera mi compañera”, haciendo referencia a la perdida que sufrió hace dos años.

“Me siento de nuevo como un niño”, fueron sus palabras al expresar las emociones encontradas después de relatar gran parte de su travesía. “Todos los días aprendo algo nuevo y hasta el último día de mi vida lo seguiré haciendo, como lo dije, vivo una vida milagrosa, Dios nunca me ha abandonado, hago lo que me gusta, estoy vivo y creo eso ya es un gran milagro”.