El lugar común dice que la poesía de Octavio Paz es difícil de leer. Por eso, incluso, para confrontarlos estérilmente, como los grandes poetas antípodas que en apariencia fueron, se ha dicho que los versos de Sabines son fáciles y emocionales, y los de Paz crípticos y cerebrales. Ni Sabines, claro, era pura emoción ni Paz pura inteligencia. Ni el uno era tonto ni el otro desalmado.
Como a mí, sin que nadie me lo pida, me ha dado por ir en contra de los lugares comunes, luego de leer la Obra poética 1935-1988 (Seix Barral, 1990) que va de su primer libro, Bajo tu clara sombra, al último, Árbol adentro, decidí armar este paseo por los versos de Paz que a mi juicio son sencillos y deslumbrantes. Omito los que se supone son muy populares (“Las palabras”, “Piedra de sol”, que es una colección de maravillas; “Nocturno de San Ildefonso” y “Pasado en claro”, ambos de claro sentido biográfico, y otros). Hago énfasis en sus textos amorosos, eróticos, y contextualizo lo necesario en algunos casos. Pudieron haber sido muchísimos más, pero quizás con éstos basten. Empecemos.
De “Sonetos” (p. 24): “Dos barcos de velamen desplegado/ tus dos pechos. Tu espalda es un torrente./ Tu vientre es un jardín petrificado”.
De “Bajo tu clara sombra” (p. 27): “Bajo tu clara sombra/ vivo como la llama al aire,/ en tenso aprendizaje de lucero” y (p. 29): “desnúdate de ti, llueve en ti misma,/ mira tus piernas como dos arroyos,/ mira tu cuerpo como un largo río,/ son dos islas gemelas tus dos pechos,/ en la noche tu sexo es una estrella”.
De “Raíz del hombre” (p. 31): “Yo estoy desnudo/ y en mis venas golpea la fuerza”.
De “Noche de resurrecciones” (p. 34): “Lates entre la sombra,/ blanca y desnuda: río […] Entre riveras impalpables quedas,/ blanca y desnuda, piedra”.
De “Junio” (p. 45): “Los ojos ven, el corazón presiente”.
De “Primavera a la vista” (p. 48): “Todo lo que mis manos tocan, vuela./ Está lleno de pájaros el mundo”.
De “Vida entrevista” (p. 52): “Los huesos son relámpagos/ en la noche del cuerpo”.
De “Frente al mar” (p. 56): “Las olas se retiran/ —ancas, espaldas, nucas—/ pero vuelven las olas/ —pechos, bocas, espumas—.”
De “Retórica” (p. 57): “Cantan los pájaros, cantan/ sin saber lo que cantan:/ todo su entendimiento en la garganta”.
De “La rama” (p. 58): “El pájaro es una astilla/ que canta y se quema viva/ en una nota amarilla./ Alzo los ojos: no hay nada./ Silencio sobre la rama,/ sobre la rama quebrada”.
De “Pregunta” (p. 67): “¿Quién sabe lo que es un cuerpo,/ un alma,/ y el sitio en que se juntan/ y cómo el cuerpo se ilumina/ y el alma se oscurece,/ hasta fundirse, carne y alma,/ en una sola y viva sombra?”
De “Atrás de la memoria” (p. 77): “Tu paladar: un cielo rojo, golfo/ donde duermen tus dientes […] El tiempo que nos hizo nos deshace”.
De “Adiós a la casa” (p. 81): “Ese pájaro/ que es un poco de brisa en una rama”.
Este fragmento de “Seven P. M.” lo usé de epígrafe en mi novela Aún corre sangre por las avenidas (p. 84): “Es hermosa la sangre/ cuando salta de ciertos cuellos blancos./ Báñate en esa sangre: el crimen hace dioses”.
De “Cuarto de hotel” (p. 87): “Cuando se calle todo y ya no canten/ la sangre, los relojes, las estrellas,/ Dios abrirá los ojos/ y al reino de su nada volveremos”.
De “Entre la piedra y la flor” (p. 94): “El agave el verdaderamente admirable:/ su violencia es quietud, simetría su quietud. Su sed fabrica el licor que lo sacia:/ es un alambique que se destila a sí mismo./ Al cabo de veinticinco años/ alza una flor, roja y única./ Una vara sexual la levanta,/ llama petrificada./ Entonces muere”.
De “El ausente” (p. 109): “Por ti asciendo, desciendo,/ a través de mi estirpe,/ hasta el pozo del polvo/ donde mi semen se deshace en otros,/ más antiguos, sin nombre,/ ciegos ríos por llanos de ceniza”.
De “Cuerpo a la vista” (p. 126): “Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,/ bahía donde el mar de noche se aquieta,/ negro caballo de espuma,/ cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,/ boca del horno donde se hacen las hostias,/ sonrientes labios entreabiertos y atroces”.
De “Más allá del amor” (p. 131): “Todo nos amenaza:/ el tiempo, que en vivientes fragmentos divide/ al que fui/ del que seré,/ como el machete a la culebra”.
De “Elogio” (p. 145): “(Porque lo inesperado se repite y los milagros son cotidianos/ y están a nuestro alcance/ como el sol y la espiga y la ola y el fruto:/ basta abrir bien los ojos)/ y desde entonces creo en los árboles”.
De “Estrella interior” (p. 147): “Sus pechos son dos aldeas dormidas”.
De “Refranes” (p. 149): “Un hombre de carne es un hombre de sueño […] Alta y desnuda sonríes como la catedral el día del incendio”.
De “Mutra” (p. 248): “El agua dulce de las/ mujeres y sus voces sonando en la noche como muchos/ arroyos que se juntan”.
De “¿No hay salida?” (p. 249): “Nadie se muere de la muerte, todos morimos de la vida”.
De “El cántaro roto” (p. 258-259): “Hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto/ eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros […] El día y la noche se acarician largamente como un hombre y/ una mujer enamorados”.
Erotismo puro es esta breve “Madrugada” (p. 316): “Rápidas manos frías/ retiran una a una/ las vendas de la sombra/ Abro los ojos/ todavía/ estoy vivo/ en el centro/ de una herida todavía fresca”.
De “El mismo tiempo” (p. 334): “Conmigo no empezó el mundo/ no ha de acabar conmigo/ Soy/ un latido en el río de latidos”.
De “Aspiración” (p. 341): “Desatado del cuerpo, desatado/ del ansia, vuelvo al ansia, vuelvo/ a la memoria de tu cuerpo. Vuelvo./ Y arde tu cuerpo en mi memoria,/ arde en tu cuerpo mi memoria”.
De “Noche en claro” (p. 349-353): “Una prostituta bella como una papisa/ cruzó la calle y desapareció en un muro verduzco/ la pared volvió a cerrarse […] Tienes todos los nombres del agua/ Pero tu sexo es innombrable”.
De “A través” (p. 369): “Entro en ti/ veracidad de la tiniebla./ Quiero las evidencias de lo oscuro,/ beber el vino negro:/ toma mis ojos y reviéntalos”.
De “Discor” (p. 374): “Tu cuerpo de yerba, tu cuerpo de plata,/ trono de la noche y espuela del día,/ deseo de mil brazos y una sola boca,/ gavilán y torrente y alto grito que cae”.
De “Solo a dos voces” (p. 387): “Altar vivo los pechos”.
De “El balcón” (p. 395): “Lo que viviste hoy te desvive”.
De “El día en Udaipur” (p. 404): “Sobre tu cuerpo en sombra/ estoy como una lámpara”.
Más erotismo en “Viento entero” (p. 454): “Abajo/ el desfiladero caliente/ la ola que se dilata y se rompe/ tus piernas abiertas/ el salto blanco/ la espuma de nuestros cuerpos abandonados”.
De su extenso y maravilloso “Blanco” (p. 493): “Falo el pensar y vulva la palabra”.
De “El mono gramático” es esta reflexión (p. 516): “La fijeza es siempre momentánea. ¿Cómo puede serlo siempre? Si lo fuese, no sería momentánea —o no sería fijeza. ¿Qué quise decir con esta frase?”, y ésta (p. 560): “Todos merecen (merecemos) un nombre propio y nadie lo tiene. Nadie lo tendrá y nadie lo ha tenido. Ésta es nuestra verdadera condenación, la nuestra y la del mundo. […] El poeta no es el que nombra las cosas, sino el que disuelve sus nombres, el que descubre que las cosas no tienen nombre y que los nombres con que las llamamos no son suyos”.
En su notas finales dice (p. 803): “Siempre he creído en la máxima de Goethe: todos los poemas son poemas de circunstancias […] todo libro de poemas es, en el fondo, un diario…”
Contactos: hectorcortesm@hotmail.com
Texto: Héctor Cortés Mandujano
Ilustración: Manuel Velázquez


